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liderazgo no es una cuestión  de personalidad, posesiones o  carisma, sino de lo que cada quien  es como persona, continue leyendo para conocer más ...

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liderazgo no es una cuestión  de personalidad, posesiones o  carisma, sino de lo que cada quien  es como persona


hoy los temas de actualidad son todos aquellos que se refieren a competitividad, calidad y excelencia. Temas que vienen a colación porque instituciones y empresas buscan a fin de cuenta ser los líderes del mercado.  

Pero para poder hablar de todos estos temas que inquietan a las instituciones, empresas, gobiernos y países enteros, tenemos que irnos a lo que podría ser la raíz de la calidad, la excelencia y la competitividad: a la persona, pero no a cualquiera, sólo a aquellas que han desarrollado en mayor o menor medida un liderazgo.

El liderazgo –lo ha enfatizado en libros y conferencias Stephen Covey– se funda en la autoridad o influencia, en el servicio, el sacrificio y por supuesto, en el amor. Cuando se lidera con autoridad, existe el llamado a dar lo mejor de uno mismo, a servir, amar e incluso a sacrificarse por los demás. Y el amor no consiste en lo que se siente por los demás, sino en lo que se hace o se está dispuesto a hacer por los demás.

El liderazgo tiene que ver con virtudes como:
• Paciencia: es aceptar los males con resignación; es ser perseverante y exige mostrar dominio de uno mismo.
• Afabilidad: es ser cordial y estar dispuesto a prestar atención; es apreciar y animar.
• Humildad: implica ser auténtico, desprenderse de pretensiones y arrogancias vanales. Implica rebajar el ego y la soberbia.
• Respeto: tratar a los otros como gente importante, porque cada persona lo es.
• Generosidad: ser de corazón noble, dispuesto a dar y satisfacer las necesidades de los demás.
• Indulgencia: ser capaz de perdonar, no guardar rencor cuando te perjudiquen.
• Honradez: proceder con rectitud e integridad, manifestarse sin engaños.
• Compromiso: es atenerse a las elecciones propias y ser cumplido.
• Servicio y sacrificio: dejar a un lado los deseos y necesidades  personales; buscar lo mejor para los demás.
Lo que creamos o lo que pensamos, al final no tiene mayor importancia. Lo único que realmente importa es lo que hacemos. Y aquí entonces el liderazgo empieza por una elección. Esas que  implican asumir responsabilidades que voluntariamente aceptamos y en las que es menester que nuestros actos sean consecuentes con nuestras buenas intenciones. Tengamos presente siempre que el ser humano en última instancia, se determina a sí mismo, por ello, acaba siendo lo que hace de sí mismo.

¿Dónde y cómo se inicia el liderazgo?
El liderazgo empieza con la voluntad. La voluntad consiste en las elecciones que hacemos para que nuestros actos sean consecuentes con nuestras intenciones. Gracias a la voluntad aceptamos la disciplina y el orden; estas dos acciones es lo que se traduce en todo lo que hemos aprendido en la vida para llegar hasta donde estamos. El liderazgo no es una cuestión de personalidad, posesiones o carisma, sino de lo que cada quien es como persona. Se nace con un temperamento pero se desarrolla un carácter y una personalidad.
Las obras de amor y liderazgo son un asunto de carácter. Paciencia, simpatía, humildad, generosidad, respeto, indulgencia, honradez y compromiso son aspectos del carácter, que debemos desarrollar y madurar si queremos convertirnos en líderes de éxito y aguantar la prueba del tiempo.
 
En el camino hacia el liderazgo, las personas se dan cuenta que las ideas es lo que se convierte en actos; los actos en nuestro carácter y nuestro carácter en nuestro destino. Tengamos claro que las personas no vemos el mundo como es. En realidad lo vemos como somos.

Hoy existe un fenómeno terrible que está invadiendo nuestra sociedad: el vacío existencial, y la única manera de vencerlo es encontrándole sentido a nuestra existencia. Esto sucederá en la medida que seamos capaces de descubrir en realidad cuál es nuestra misión en la vida. Si elegimos dar lo mejor de nosotros mismos y aprendemos a ser capaces de sacrificarnos por los demás, podremos tener influencia sobre ellos.

La misión de forjarse una autoridad sirviendo a aquellos que están bajo nuestra responsabilidad es lo que nos podrá dar un verdadero objetivo en esta vida. Esta es una misión que conlleva un propósito y un sentido.

Mucho de los grandes líderes como Buda, Jesucristo, Gandhi, Martin Luther King y la madre Teresa de Calcuta nos han enseñado que el gozo tiene que ver con la satisfacción interior y con la convicción de estar siguiendo los profundos e inmutables principios de la vida.

Venzamos el egoísmo
La gente que no consigue crecer se hace cada vez más egoísta, está cada vez más absorta en sí misma. Estas personas acaban levantando verdaderas murallas emocionales para proteger sus vidas, exclusivamente centradas en sí mismas. Normalmente acaban solas y viviendo de una manera desgraciada.
 
Tengamos claro lo que todas las religiones del mundo han concluido: el mayor problema del hombre, desde el principio de los tiempos, es su naturaleza egocéntrica, su soberbia y egoísmo. Por eso es tan importante disciplinarse para dar lo mejor de sí mismo por los demás.

El liderazgo se basa en las leyes naturales, las cuales se derivan de principios y actúan con independencia de nuestro conocimiento y sin que por ello tengamos que estar conscientes de ellas y de nuestro acatamiento.

En la vida, lo único que resiste el paso del tiempo es la ley de la granja: debo preparar la tierra, sembrar en ella, cultivarla, desbrozarla, regarla y luego abonarla gradualmente para que el cultivo crezca y se desarrolle hasta alcanzar su plena madurez. Por ello, resulta fundamental basar nuestra vida, relaciones, convenios gerenciales y organización general en estos principios.
 
Si intento utilizar estrategias y tácticas manipuladoras para lograr que los demás hagan lo que yo quiero –pero al mismo tiempo mi carácter tiene defectos o mi capacidad es dudosa–, no podré alcanzar un éxito perdurable. Más allá de la retórica y de las buenas intenciones, si soy poco digno de confianza o no lo soy en absoluto, no existen cimientos sobre los cuales construir un éxito permanente.

Uno de los síndromes de la actualidad es el cambio. La mayor parte de las personas piensan que el cambio y el perfeccionamiento vienen de afuera, y no que surge de adentro hacia fuera. Incluso si aceptamos la necesidad de un cambio interior, habitualmente creemos que se trata de aprender nuevas técnicas y no de mostrar una mayor integridad hacia los principios básicos. Pero las transformaciones importantes representan a menudo rupturas interiores con las formas de pensar tradicionales, es lo que ya Stephen Covey ha mencionado en sus libros y conferencias como cambio de paradigma.

Para lograr un verdadero liderazgo, la confianza es un factor clave. “La confianza es producto de nuestra confiabilidad a lo largo de los años. Cuando ésta es elevada, nos comunicamos fácilmente, con poco esfuerzo y en el acto. Aunque cometamos errores, los demás seguirán captando nuestro mensaje. Pero cuando la confianza es escasa, la comunicación requiere mucho tiempo y se hace fatigosa, ineficaz y extremadamente difícil”, señala Covey en su libro Liderazgo centrado en principios.

Es relativamente fácil –ha destacado Covey– trabajar sobre nuestra personalidad: lo único que debemos hacer es aprender alguna técnica nueva, readecuar nuestros patrones de expresión, adoptar tecnologías de relaciones humanas, emplear afirmaciones gráficas o fortalecer nuestra autoestima.

Pero comparativamente es difícil cambiar de hábitos, desarrollar virtudes, aprender disciplinas básicas, cumplir lo prometido, ser fieles a nuestros juramentos, actuar con valentía y ser auténticamente respetuosos con los sentimientos y convicciones ajenos… sin embargo, ésta es la verdadera prueba y la manifestación de nuestra madurez. Valorarse a un mismo y, al mismo tiempo, subordinarse a fines y principios superiores constituye la paradójica esencia de lo más elevado de la condición humana y el fundamento de un liderazgo eficaz.

fuente: mujerejecutiva
autor:Bertha Eugenia Sotres

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